Ábrir nuestra mente

Cuatro ranas se han montado sobre un madero que navega arrastrado por las aguas del río. Es una experiencia nueva para ellas y cada una la interpreta a su manera.

La primera dice:
¡Qué madero tan maravilloso! Es un madero mágico que se mueve por fuerza propia como nunca habíamos visto. Parece tener vida.

La segunda rana la corrige:
Te equivocas. El madero no tiene vida ni se mueve. Es como cualquier otro madero inerte. Lo que se mueve son las aguas del río que van hacia el mar y arrastran el madero.

La tercera rana corrige a las dos primeras:
Ni se mueve el madero, ni se mueve el río. Lo único que se mueve es nuestro pensamiento. El movimiento está sólo en la mente. Lo demás es pura ilusión. Ésta es la verdad.

La cuarta rana escucha callada la discusión de las otras tres que se enzarzan en argumentos y, de repente, grita:

¡Cuidado! Oigo el ruido de una catarata por donde vamos a precipitarnos si no escapamos antes.

Las tres ranas están tan empecinadas en tener cada una de ellas la razón, que no escuchan lo que se les advierte.

Sin pensarlo dos veces, la cuarta rana deja de un salto el madero y alcanza la orilla, salvándose. En cambio las otras tres ranas, y el madero, caen por la catarata, mientras el ruido de las aguas, ahoga las palabras de la discusión.

Muchas veces pasa así con nuestras vidas. Estamos tan pendientes de lo que creemos, que no escuchamos la realidad. Por ello es saludable, hacer una parada, observar, escuchar lo que dicen otros y tomar una postura tipo helicóptero, para ver desde arriba u otro ángulo la verdadera esencia. Si no, cuidado, aprenda de la siguiente historia. Se cuenta que la gente de un pueblo retó a un gran mago a escaparse en menos de sesenta segundos de una cárcel a prueba de fugas que el municipio acababa de construir.

El mago aceptó el desafío. Le permitieron entrar en la cárcel con ropa de calle. Los observadores dijeron haber visto al cerrajero dar una vuelta extraña a la llave del cerrojo, pero dejaron que el mago tratase de abrir desde dentro, la cárcel donde estaba encerrado.

El mago había ocultado la barra de acero flexible que utilizaba para abrir cerrojos en la correa de su pantalón. Con la oreja pegada al cerrojo, trató de abrirlo por espacio de 30 minutos… 45 minutos… una hora. Estaba sudoroso. Sintiéndose agotado al cabo de dos horas, se apoyó contra la pared y, para su asombro, ésta se abrió ¡No habían pasado el cerrojo!

¡Éste fue el truco que jugaron al gran artista! La puerta sólo estaba cerrada en la mente del mago ¡únicamente en su mente!

Por todo esto, aprenda a abrir su mente, como lo demuestra la siguiente anécdota.

Cuenta una historia que un ciego y un paralítico se tropezaron uno con otro en medio de un bosque. Ambos se encontraban perdidos y se enfrascaron en una conversación compartiendo sus relatos sobre su vagar en el bosque, durante largo tiempo.

El ciego le dijo al paralítico: No puedo ver el camino de salida.
El paralítico asintió y respondió: Yo no puedo caminar.

Mientras conversaban con tristeza, el paralítico, de repente, exclamó: ¡Ya sé qué podemos hacer! Cárgame en tus hombros y yo te diré por dónde caminar. Juntos vamos a encontrar la salida de este bosque. Y así lo hicieron. Uniendo sus capacidades consiguieron lo que, aisladamente, no habían logrado durante mucho tiempo.

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