Una vez en un vasto reino, un rey estaba envejeciendo. Decidió que era tiempo de elegir a un heredero entre sus cuatro hijos, por lo cual los llamó para tratar la sucesión de su reino. Después de algunas lunas, los hijos llegaron y esperaron a su encuentro.
El rey llamó uno a uno. Cuando entró el primer hijo a la cámara del rey y se sentó, le dijo: “Hijo mío, ya estoy muy viejo y no viviré mucho tiempo más. Deseo confiar mi reino al hijo que esté más capacitado para recibirlo. Dime, si yo te cedo mi reino, ¿Qué le darás al mismo?”.
Este hijo era muy rico. Por lo tanto, luego de la pregunta, contestó:
“Soy un hombre de gran fortuna. Si tú me dejas tu reino, le daré al mismo toda mi fortuna, y será el reino más rico del mundo”.
“Gracias, hijo mío”, dijo el rey y lo despidió.
Cuando entró el segundo hijo, el rey le dijo: “Hijo mío, ya estoy muy viejo y no viviré mucho tiempo más. Deseo confiar mi reino al hijo que esté más capacitado para recibirlo. Dime, si yo te cedo mi reino, ¿Qué le darás al mismo?”. Este hijo era muy inteligente. Por lo tanto, luego de la pregunta, contestó lo siguiente:
“Yo soy un hombre muy inteligente. Si tú me dejas tu reino, le daré toda mi inteligencia y sabiduría, y será el reino más inteligente del mundo”.
“Gracias, hijo mío”, dijo el rey y lo despidió.
Cuando entró el tercer hijo, el rey le dijo: “Hijo mío, ya estoy muy viejo y no viviré mucho tiempo más. Deseo confiar mi reino al hijo que esté más capacitado para recibirlo. Dime, si yo te cedo mi reino, ¿Qué le darás al mismo?”. Este hijo era de gran fortaleza física.
Por lo tanto, luego de la pregunta, contestó lo siguiente: “Yo soy un hombre de gran fortaleza física. Si tú me dejas tu reino, le daré toda mi fuerza y será el reino más fuerte del mundo”.
“Gracias, hijo mío”, dijo el rey y lo despidió.
El cuarto hijo entró y fue saludado por el rey de la misma forma que los otros tres. “Hijo mío, ya estoy muy viejo y no viviré mucho tiempo más. Deseo confiar mi reino al hijo que esté más capacitado para recibirlo. Dime, si yo te cedo mi reino, ¿Qué le darás al mismo?”.
Este hijo no era especialmente rico o inteligente o fuerte, por lo cual contestó:
“Padre mío, tú sabes que mis hermanos son mucho más ricos, inteligentes y fuertes que yo. Mientras ellos pasaron años conquistando esos atributos, yo pasé mi tiempo entre la gente de tu reino. Compartí con ellos sus enfermedades y su aflicción. Y he aprendido a amarlos. Me temo que lo único que puedo darle a tu reino es mi amor por la gente.
Sé que mis hermanos tienen mucho más para ofrecerte que yo, por lo tanto no me voy a disgustar si no soy elegido como tu heredero. Simplemente haré lo que he estado haciendo siempre”. Pasaron algunos meses y el invierno sorprendió al rey.
Sus últimos días llegaron y en una noche de embellecida Luna, murió. Los días transcurrían y la gente se impacientaba ansiosamente por conocer la decisión de su rey.
Para mucha sorpresa de algunos la noticia se anunció. Y el más grande regocijo, jamás visto en el reino, estalló cuando se supo que el cuarto hijo había sido nombrado por el rey como su sucesor.
Ningún hombre puede ascender más allá de sus limitaciones de su propio carácter.
John Morley
Se cuenta que el cuarto hijo aprendió algo muy importante, en su niñez. Escuchó una conversación de su padre con un aprendiz de palacio: “Cuidado con tus obras”, dijo el aprendiz: “Piensa en lo que las generaciones futuras dirán de ti”. “¡Y qué!”, respondió su padre.
“Cuando yo me muera, todo estará acabado y no me importa lo que dirán”.
A raíz de esas palabras, que nunca olvidó, su cuarto hijo se esforzó por hacer el bien, ayudar a las personas a ejecutar su trabajo con entusiasmo. Se volvió un hombre conocido por su preocupación por los demás y ayudó a un gran número de obras que mejoraron el nivel de vida de su ciudad.
Cuando el cuarto hijo se coronó como rey, mandó a grabar en la tumba de su padre: “Una vida que termina con la muerte, es una vida que no valió la pena”.
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