Ante todo es preciso conocer el fin hacia el que debemos dirigir nuestras acciones, es necesario descubrir nuestro destino para poder tomar la firme determinación de dirigirnos hacia él. Una vez tomada esta determinación, nuestro espíritu se verá libre de toda vacilación e inquietud.
En cuanto se haya consolidado esta serenidad y tranquilidad de espíritu, gozaremos de una profunda paz interior que ningún acontecimiento podrá alterar. Cuando gocemos de esta paz inalterable, estaremos en condiciones para meditar y penetrar en la esencia de todas las cosas. En cuanto conozcamos la esencia de todas las cosas, habremos alcanzado el estado de perfección que nos habíamos propuesto.
Confucio
Este pensamiento de Confucio es propicio, para conocer dos historias que nos ayudarán a comprender mejor su enseñanza.
Primera historia: Una leyenda muy vieja
Una vieja leyenda explica que hubo un tiempo en el que todos los hombres eran dioses. Se dice que abusaron tanto de su divinidad que el Dios Supremo, decidió quitarles el poder divino y esconderlo en un lugar inaccesible. El gran problema fue encontrar el escondite apropiado. Cuando los dioses menores fueron convocados para resolver el problema, propusieron:
Vamos a enterrar la divinidad del hombre bajo la tierra. Pero el Gran Dios respondió: “No será suficiente. Cavará y cavará y al final la encontrará”.
Entonces los dioses propusieron: “En este caso podemos esconder la divinidad en lo más profundo de los océanos”.
El Gran Dios respondió: “No, pues tarde o temprano el hombre explorará las profundidades de los océanos y seguramente un día la encontrará”.
Entonces los dioses menores dijeron: “No sabemos dónde esconderla. Parece que no hay un lugar en el cielo ni en la tierra ni en el mar, donde no pueda descubrirla algún día”.
Y, entonces, el Gran Dios dijo: “Esto es lo que haremos con la divinidad del hombre, la vamos a colocar en lo más profundo de sí mismo. Será el único lugar donde nunca se le va a ocurrir buscar”. Desde la noche de los tiempos, dice la leyenda, el hombre ha dado la vuelta a la tierra, la ha explorado, escalado, navegado y cavado, buscando algo que tiene en su interior.
Segunda historia: Algún lugar
Hace ya muchos años, en los vastos dominios del espacio, nació un planeta. Era una gran masa de tierra rodeada de océanos. Su nombre era Algún Lugar. Algún lugar estaba acosado por terribles problemas, tanto internos como externos. Sus tribus combatían encarnizadamente, sufría terremotos y huracanes y tenía volcanes en erupción que iban modificando su geografía constantemente. La imagen de Algún Lugar, tal y como se reflejaba en el espejo celestial de su propia atmósfera, estaba cambiando continuamente; cuando se había acostumbrado a una forma, cambiada a otra. Esto era muy triste. Algún Lugar no sabía quién era.
Sus problemas externos incluían también meteoritos que iban estrellándose unos contra otros y cayendo sobre el planeta, destruyendo aún más los rasgos de Algún Lugar. Por no hablar de los problemas que tenía con las tres lunas que orbitaban en torno a él y los dos soles alrededor de los cuales,
Algún Lugar giraba. Las tres lunas influían en sus mareas, empujando y atrayendo en varias direcciones y causando grandes inundaciones, maremotos y remolinos gigantes. Su órbita alrededor de los soles, en forma de ocho, provocaba que, por la noche, se congelase por el frío y de día el calor lo abrasara. Su existencia era imprevisible y caótica. Sólo había una cosa segura: La supervivencia era una lucha interminable. Algún Lugar había perdido la esperanza; sentía que no lo podía soportar, ya que no tenía la fuerza necesaria para resistir la terrible tensión, el constante “estira y afloja”.
Los planetas son cuerpos solitarios; no pueden encontrarse unos con otros y, por lo tanto, aprender los unos de los otros.
¿Qué podía hacer Algún Lugar?
En su desesperación miró hacia su interior. En lugar de estudiarse en el espejo de su atmósfera, se miró a sí mismo como nunca lo había hecho entonces. Vio partes familiares, como capas de tierra, pozos, arroyos y ríos subterráneos; cuevas y raíces vegetales; partes desconocidas como capas de carbón negro, depósitos de petróleo que fluían lentamente y filones de oro, plata y gemas brillantes. Y, debajo de todo esto, una zona estable y pesada que ni siquiera la tormenta más violenta podría mover, empujar o deformar. Era un poderoso imán y una fuente de energía. Algún Lugar nunca había conocido esa parte de sí mismo.
¿Quién eres tú?, le preguntó.
Yo soy tu núcleo.
¿Y para qué sirves?, preguntó Algún Lugar.
Soy para ti, dijo el núcleo.
Soy tu centro y te mantengo estable en tu sistema solar.
Los problemas externos sólo se añaden a mi poder y energía. Ahora que por fin me has encontrado, podremos trabajar juntos para influir en lo que nos rodea y alcanzar nuestro destino.
¿Por qué no me habías hablado antes?, preguntó Algún Lugar.
No tenía voz, le contestó el núcleo, hasta que me encontraste. Sólo prestabas atención a tu mundo exterior; ahora estás empezando a fijarte en tus recursos interiores. Piensa en los tesoros de los que hoy te has dado cuenta por primera vez. Eres mucho más rico de lo que jamás has pensado. Tus partes ocultas han estado trabajando contigo todo este tiempo. No estás solo. Algún lugar ocupó su espacio en el universo. Conocer su núcleo interior y sus recursos, le permitió completar su viaje hasta su destino.
Fuente: Escrito de Channah Cune, tomado por relatos de ecología emocional de Soler y Conangla.
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