Cada vez que mecanografío una carta para el médico para quien trabajo, al final de la página pongo sus iniciales con letras mayúsculas y, junto a éstas, las mías en minúsculas. “Las iniciales pequeñas son mías”, comenté a un empleado nuevo un día, al revisar la correspondencia anterior. Después, medité sobre esa frase. ¿Qué significaba? ¿El médico importante y ocupado en contraste con la secretaria insignificante?
No, no es así como considero mi trabajo. Hay muchas recompensas y satisfacciones al ser la secretaria de un médico. En su consultorio, el médico escribe una receta que calmará el dolor y, por medio del diagnóstico, puede llevar a cabo una curación. Sin embargo, muchas de las recompensas están de mi lado de la puerta.
Soy la primera en ver el rostro sonriente de una persona que, al salir del consultorio, se aferra a la esperanza y a la seguridad con la misma fuerza con la que sostiene una muestra del medicamento o una receta. Con frecuencia, soy el vínculo con el médico y al decir simplemente:
“Él le agradará mucho; es fácil hablar con él”, veo que se relejan los músculos de la mandíbula y que los ojos pierden un poco de la ansiedad que acompaña a la cita con un médico nuevo. Consuela a un paciente saber que, aunque es imposible que el médico conteste el teléfono, la secretaria tiene tiempo para escuchar y puede confiar en que le dará el mensaje. Trato de mantener en mente que ése es el motivo por el que estoy aquí y, también, ¡el motivo por el que con frecuencia estoy retrasada en lo que tengo que mecanografiar! He entregado mensajes tan importantes y, en ocasiones, tan atemorizantes, que no pude concentrarme en nada más hasta haberlos dado.
Al responder el teléfono, puedo escuchar cosas rutinarias, como la noticia de que la cama que solicitamos en el hospital ya está disponible o algo tan espeluznante como una voz aterrada que grita: “Lo intentó de nuevo”, refiriéndose al suicidio. He recibido algunos regalos especiales. Hay tres que aprecio mucho. El primero es un ángel de cartón pegado con cinta adhesiva en la pared detrás de mi escritorio. Fue pintado por una pequeña mano cuyos músculos no estaban en muy buenas condiciones y me lo regaló en Navidad un niño que padece retraso mental. Los otros dos son intangibles, pero no menos reales.
Uno me lo dio una paciente nueva. Los años la habían marcado con un padecimiento doloroso. Empecé a conversar con ella y terminé con mi indicación de costumbre: “Ya puede pasar al consultorio del médico”. Ella se levantó despacio de la silla y respondió: “Pensé que usted era el médico”. El último regalo me lo dio un anciano agradable, con rostro de color caoba, coronado con cabello cano. Empujó el rabillo de un lápiz y un sobre arrugado hacia mí, antes de irse y dijo:
- Señorita, ¿podría anotar su nombre en este papel?
Por supuesto, pero ¿por qué desea conocerlo?
- Porque ha sido muy amable y me gustaría conocer su nombre.
Salió arrastrando los pies y guardé su cumplido en el lugar de mi corazón que reservo para cosas muy especiales. Nuestros caminos se cruzaron de nuevo un día. En esa ocasión la crisis estaba en mi vida, no en la suya. Mientras las lágrimas rodaban por mi rostro, él dijo con voz suave:
- Rezaré por usted.
En la correspondencia de un mismo día, envié una carta a una madre preocupada, dándole instrucciones sobre cómo ajustar el medicamento para controlar mejor los ataques de epilepsia; una carta a un hombre, aconsejándole que buscara asesoramiento legal; una carta informando que una persona joven y ambiciosa, apartada de la vida normal debido a años de enfermedad mental, ya se había recuperado lo suficiente como para que le devolvieran sus derechos civiles inherentes.
Por la noche, cuando tapo la máquina de escribir y coloco a su lado los expedientes en espera de que se mecanografíen en ellos los informes de progreso, no puedo evitar pensar que son algo más que tinta y hojas de papel. Son los registros de dolor y su alivio; de pesar y cómo se soporta; de problemas y su solución o que son enfrentados y aceptados valerosamente. En resumen, representan las vidas humanas que he tenido el privilegio de afectar. Algunos tienen algo especial imposible de definir, algo que me hace saber que aunque no vuelva a ver a la persona, la impresión que dejó durante una visita única no se borrará nunca.
Al final del día, apago la luz, tomo mis llaves y salgo del consultorio, dejando una parte de mí allí y llevándome el conocimiento de que aunque el servicio, al igual que las iniciales, es pequeño, yo también he servido. Historia de Mildred Brown Duncan, que nos deja una clara enseñanza:
“No hay nada más Grande que una pequeña humildad”; “Que en todo lo que hacemos, la grandeza sólo está en nuestros actos”; “Que todo cuenta, sólo cuando se hace con cariño y dedicación”.
¿Sabía usted que cuando puede decir: “Me gusta mi trabajo”, reduce el riesgo de enfermedad cardiaca? Un estudio llevado a cabo por Massachusetts HEW, que investigó la causa de la enfermedad cardiaca, formuló dos preguntas a los participantes: ¿Es feliz? ¿Ama su trabajo? Los resultados indicaron que aquellas personas que respondieron afirmativamente tienen mejor probabilidad de no enfermarse del corazón.
Deepak Chopra
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