Desarrollar sanamente nuestra alma y la de nuestros seres queridos no es una tarea sencilla. Hemos visto que la escasa provisión de las necesidades básicas del alma genera una autoestima endeble. Sabemos que esto repercute en nuestro comportamiento y la calidad de nuestras relaciones. Establecer buenos lazos con los semejantes es el principal reto de las familias y de toda organización humana. Lamentablemente es más fácil destruir que construir. Es sumamente sencillo derribar la confianza y sentido de pertenencia de los demás.
Hay una actitud que lacera terriblemente la autoestima humana. A este agresor se le ha denominado el asesino del alma. Se trata del rechazo, el cual es la antítesis de las necesidades básicas del alma. Al rechazar a alguien golpeamos directamente su necesidad de aceptación y respeto. Las heridas que provoca el rechazo son profundas y dolorosas. Como dijimos anteriormente las personas pasamos nuestra vida intentando ganar la aceptación de los demás. Cuando nos rechazan sentimos que nuestros esfuerzos han sido vanos y la inseguridad toma lugar en nuestro corazón.
Una persona que se siente rechazada tiende a desarrollar amargura. Si el rechazo es el asesino del alma, la amargura es su cáncer. Como todo cáncer, la amargura se multiplica e invade la naturaleza emocional. Al afectar la mente y el corazón genera actitudes negativas. Dentro de las consecuencias más comunes de la amargura están el aislamiento afectivo, la rebeldía y el protagonismo negativo. Por esto último me refiero a creer y sentir que los demás desean perjudicarnos constantemente. Junto con estas enfermedades del alma es común experimentar culpa, dureza de corazón, timidez, agresividad, deseos de venganza, inestabilidad emocional y un duro juicio contra los seres más cercanos y la sociedad en general.
Hay varias maneras de reconocer si la amargura ha tocado el corazón. Una de ellas es identificar si existe incapacidad para dar y recibir expresiones de cariño. Esto lo vemos cuando alguien rechaza que le abracen. Si alguien intenta manifestar su cariño con un abrazo, estas personas desean desaparecer. Ante el contacto físico sus hombros se endurecen y se sienten sumamente incómodas. Tienen miedo de recibir y dar expresiones de cariño.
La razón principal por la que un corazón amargado evita abrirse a relaciones afectivas es temor al rechazo. Quien vive con amargura abrió su corazón, lo puso a disposición de alguien más y en lugar de cariño recibió agresiones. Tal es el caso cuando un ser querido nos engaña, critica o muestra indiferencia. Para evitar que esto vuelva a suceder la naturaleza humana echa a andar un mecanismo de defensa para protegerse de otra desilusión.
Cuando el corazón se cierra para evitar ser herido nuevamente, también elimina la posibilidad de recibir expresiones de cariño sinceras. Imagine la palma de su mano extendida y dispuesta para recibir. De pronto en lugar de obtener algo bello recibe un golpe que la contrae. La palma abierta se transforma en un puño cerrado con los dedos apretados. En esta posición no existe ni un hueco por donde pueda penetrar algo. Así se pone un corazón que ha sido lastimado. De esta manera queda un alma que ha vivido bajo el rechazo.
Un alma cerrada pierde su capacidad para tomar y dejar ir. Una persona con amargura no puede recibir expresiones de bondad. Tampoco las ofrece pues teme que le vuelvan a lastimar y prefiere no correr el riesgo. Así, una persona que fue creada para dar y recibir afecto se priva de ese derecho y privilegio. Sus relaciones se tornan incompletas, protocolarias y por lo mismo insatisfactorias. A esta actitud ante la vida la he denominado “aislamiento afectivo”. Este es el caso de personas muy reservadas. Su inexpresión llega a convertirse en parte de su personalidad. Incluso su comunicación afectiva con su cónyuge e hijos es prácticamente ninguna.
Conviene aclarar que hay personas de temperamento introvertido que tienden a ser poco cariñosas y que no necesariamente sufren aislamiento afectivo. Simplemente su introversión limita su expresión. Pero esto puede cambiar cuando el individuo convive con personas expresivas y afectuosas.
El siguiente caso me sorprendió sobremanera. Carlos es un hombre de cuarenta y tantos con más de 19 años de matrimonio. Olivia, su esposa, se quejaba de que él era poco cariñoso, pero su inexpresividad alcanzaba niveles extremos. El temor de Carlos a relacionarse con los demás era tan grande que lo transmitía a su familia. Constantemente se enojaba cuando Olivia saludaba a las demás personas. Más que una situación de celos, le molestaba que perdiera tiempo conversando. Él mismo evitaba encontrarse con la gente.
El aislamiento afectivo lo encontramos tanto en hombres como en mujeres sin importar su edad. Los individuos que padecen este síndrome generalmente ignoran que su actitud perjudica a su familia. Confunden la necesidad de amor de los suyos con cursilería. Esconden su temor a abrirse con argumentos como: “así soy yo”, “mi naturaleza es reservada”, “por qué se quejan si no les hago mal alguno”, etc. Su amargura les roba la libertad para disfrutar sus encuentros con los demás. Se resisten a recibir manifestaciones abiertas de cariño y son inexpresivos incluso durante sus relaciones íntimas.
Las actitudes que lastiman a la gente pueden ser planeadas o no, pero el resultado es el mismo. Cuando alguien nos rechaza no necesariamente tiene la intención de hacerlo. Esto es similar a cuando ocurre un accidente y alguien sale lesionado. Lo más importante no es quién provocó la tragedia, sino atender a las personas que resultaron heridas. Quizás quien generó el percance jamás se enteró de lo sucedido. Pero es un hecho que alguien salió lastimado y hay que sanarle.
Cuando reflexionamos sobre nuestro pasado encontramos seres humanos que nos rechazaron. Incluso algunos de ellos quizá lo hicieron con intención. A pesar de ello nuestro enfoque debe estar en qué podemos hacer para salir adelante a pesar de lo sucedido, no en a quién debemos responsabilizar. Buscar culpables no resuelve el problema, sólo agrega rencor al pesado costal que cargamos.
Fuente: Sanando las heridas del alma
Autor: Rafael Ayala.
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