A menudo aprendemos mucho de nuestros hijos, y no nos damos cuenta de ello. Son como las enseñanzas del mejor maestro de ajedrez, astutas y, cuando uno menos espera, determinantes. Veamos si es verdad, con la siguiente historia contada por un amigo de esta humanidad:
Hace algún tiempo, un padre castigó a su hija de tres años por desperdiciar un rollo completo de papel dorado, de esos que se utilizan para envolturas de regalo. Estaban escasos de dinero y no podía reponerlo. Luego se puso furioso cuando la niña intentó decorar otra caja de regalo.
A pesar de todo, al día siguiente, la niña le llevó un regalo a su papá y le dijo:
-Esto es para ti, papi.
-El se sintió avergonzado de su reacción anterior, pero su enojo volvió cuando vio la caja vacía.
-Él le gritó, y dijo: ¿No sabes que cuando uno da un regalo, se supone que hay algo dentro?
-La pequeña niña, con lágrimas en sus ojos, sin saber qué hacer, lo miró y dijo:
-Papi no está vacía, yo tiré besitos dentro de la caja y la cerré, todos para ti, papito.
El padre se sintió destrozado. Abrazó a su hijita y le rogó que lo perdonara.
Mi amigo me dijo que él conserva aquella caja desde ese día junto a su cama y cuando se siente desanimado o preocupado, saca uno de aquellos besos en el aire y recuerda todo el inmenso amor que había depositado si hijita allí.
Los niños, ricos de alegría y risas, están alertas a todo cuanto atente su algarabía. Una muestra de ello lo veremos en la siguiente oración, que construyó un niño de este mundo:
Señor, esta noche te pido algo especial:
Conviérteme en un televisor, porque quisiera ocupar su lugar para poder vivir lo que vive el televisor de mi casa.
Tener un cuarto especial para mí.
Congregar a todos los miembros de la familia a mi alrededor.
Ser el centro de atención, al que todos quieren escuchar, sin ser interrumpido ni cuestionado.
Que me tomen en serio cuando hablo.
Sentir el cuidado especial que recibe la televisión cuando algo no le funciona.
Tener la compañía de mi papá cuando llega a casa aunque esté cansado del trabajo. Que mi mamá me busque cuando esté sola y aburrida, en lugar de ignorarme.
Que mis hermanos se peleen por estar conmigo. Divertirlos a todos, aunque a veces no les diga nada. Vivir la sensación de que lo dejen todo por pasar unos momentos a mi lado.
Señor, no te pido mucho, todo esto lo vive cualquier televisor del mundo...
Inspirado en un texto de José Luis Martín Descalzo.
Creo que las explicaciones sobran..., sólo quedan reflexiones.
Me gustaría finalizar con otra enseñanza, que nos deja otro niño, de más edad que el anterior. Una vez, un padre de una familia acaudalada llevó a su hijo en un viaje por el campo, con el firme propósito de que su hijo viera cuan pobres era la gente del campo. Estuvieron por espacio de dos días y una noche en una granja de una familia campesina muy humilde.
Al concluir el viaje y de regreso a casa, el padre le pregunta a su hijo: ¿Qué te pareció el viaje? Muy bonito, contestó el hijo. Viste que tan pobre puede ser la gente, le dice su padre. ¡Sí!, replica su hijo.
¿Qué aprendiste?, nuevamente le pregunta su padre.
Entonces su hijo contesta: Vi que nosotros tenemos un perro en casa, ellos tienen cuatro. Nosotros tenemos una piscina que llega a la mitad del jardín, ellos tienen un arroyo que no tiene fin. Nosotros tenemos unas lámparas importadas en el patio, ellos tienen unas estrellas que alumbran sus penurias.
Nuestro patio llega hasta la barda de la casa; el de ellos tiene todo un horizonte. Ellos tienen tiempo para platicar y convivir en familia; tú y mami tienen que trabajar todo el tiempo y casi nunca los veo.
Al terminar el relato, el padre se quedó mudo... a lo que su hijo agregó: ¡¡¡ Gracias papá por enseñarme lo rico que podemos llegar a ser !!!
Cuando tu hijo te busque con la mirada... míralo.
• Cuando tu hijo te busque con su boca... bésalo.
• Cuando tu hijo te tienda los brazos... abrázalo.
• Cuando tu hijo te quiera hablar... escúchalo.
• Cuando tu hijo se sienta desamparado... ámalo.
• Cuando tu hijo se sienta solo... acompáñalo.
• Cuando tu hijo te pida que lo dejes... déjalo.
• Cuando tu hijo te pida volver... recíbelo.
• Cuando tu hijo se sienta triste... consuélalo.
• Cuando tu hijo esté en el esfuerzo... anímalo.
• Cuando tu hijo esté en el fracaso... protégelo.
• Cuando tu hijo pierda toda esperanza... aliéntalo.
Anónimo
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