Hay en mucha gente hoy dentro y fuera de las organizaciones, la necesidad de encontrar algo más que llene muchos de los vacíos que nuestra forma de operar en sociedad nos ha impuesto. Si bien se siente, como que no se ha tenido la capacidad de expresarlo a viva voz, pareciera que hemos decidido vivir con ese vacío y en lugar de dejarlo salir y manifestarlo, nos enfocamos entonces en llenarnos frenéticamente de actividades que ocupen la mayor parte del tiempo del cual disponemos. Pareciera que el nivel de bienestar individual guardara proporción directa con los niveles de compromisos y actividades.
Muchas preguntas se acomodan en fila ante nosotros, en los momentos de más tranquilidad: ¿cómo debemos hacer para manejar las presiones de un ambiente cuyo nivel de convulsión crece gradualmente? ¿cómo enfrentar las tensiones y conflictos presentes en nuestro mundo laboral sin sucumbir al cinismo que viene apalancado por los temores? ¿cómo poder expresar y manifestar nuestro verdadero ser ante un entorno poco confiable, con unas relaciones basadas principalmente en los intereses dentro del mundo corporativo? ¿a qué se debe que el ejecutivo promedio tenga una vida tan atareada y ocupada, que hace difícil hasta responder una llamada, mucho menos entonces dedicar tiempo de calidad a su familia?
La visión predominante en la concepción y operación de las organizaciones y los individuos, viene determinada fundamentalmente desde una perspectiva que valora el poder de lo externo para moldear nuestras decisiones y acciones. El análisis racional nos ha hecho transitar la senda de lo observable, cuantificable y por tanto, estimamos nosotros predecible. Nos hemos desarrollado en un mundo analítico, basado en las ciencias naturales, los cálculos, la ciencia y el análisis lógico racional.
El extraordinario desarrollo económico de la mayoría de las sociedades, con su abundante oferta de bienes y servicios, ha reforzado la visión materialista del éxito individual. Pareciera que hemos olvidado que medido así, el éxito es algo inalcanzable por definición. ¿Cuándo y cuánto más será suficiente?
¿Nos ofrece esta visión un camino para manejar las crecientes tensiones y polaridades propias de una sociedad heterogénea? ¿cómo nos alejamos de los temores para operar en función de la fe y la confianza entre nosotros?
Un punto de inflexión
En los albores de este nuevo milenio, de manera creciente se comienzan a observar conductas individuales y colectivas que buscan respuesta a preguntas más fundamentales en el que hacer humano. Vemos que individuos y organizaciones comienzan por preguntarse cuál es el propósito o razón de ser, qué es lo que realmente nos inspira, cuál es la contribución al bien común, cómo me conecto con mis semejantes para alcanzar fines superiores.
Cuando esto comienza a ocurrir, como de hecho ya es evidente en el plano individual y en algunas organizaciones, se siente que comenzamos un punto de inflexión. El mismo nos revierte la tendencia histórica y no es más que buscar ahora dentro de cada uno, las respuestas que hasta ahora hemos tratado de conseguir en el mundo exterior. Con la visión anterior, habíamos venido abandonando progresivamente el centro del individuo y por tanto la paz y serenidad necesarios para un desarrollo armonioso y sustentable.
Hoy hablar de desarrollo y crecimiento personal es algo común a título individual y organizacional. Cada vez que se tienen charlas o conferencias de este tipo, los auditorios se llenan de gente ávida de mejorar sus vidas.
Cuando en las organizaciones hablamos de la necesidad de incorporar un lenguaje más humano y menos mecánico, que busque el significado y la trascendencia de las acciones, cuando nos preguntamos cuál es el fin último de la organización y planteamos que ha de ser algo trascendente, vemos ese brillo en los ojos que denota la plena identificación con este enfoque más abarcador y adecuado a la verdadera dimensión de las empresas.
El reconocimiento de que la riqueza material es deseable pero insuficiente, que está de hecho ha de ser redefinida para incorporar el aspecto social de la misma, que el dinero es un instrumento de cambio y de transformación, un medio, pero no un fin en sí mismo, que los aspectos emocionales y espirituales son indivisibles e inseparables del comportamiento de las personas tanto en soledad como en las organizaciones, comienzan a regalarnos un brillo encandilador y magnético, que identifica voluntades y almas, que hace que sumar y multiplicar se convierta en un proceso natural, alineando esfuerzos en la búsqueda de organizaciones más sinceras y desarrolladas, que operan en niveles de conciencia superior, para beneficio de todos los que de ella dependen.
Lo que hoy comienza a ocurrir en la gerencia, en mi opinión, es un movimiento similar al ocurrido en la física, cuando de lo macro vamos a lo micro, cuando de la mecánica clásica, evolucionamos a entender la profunda belleza y significado de la mecánica cuántica, con su impacto en la concepción del mundo y de la vida.
Cuando de lo visible y grande, descubrimos un mundo de lo pequeño y poderoso, lo que realmente hace la diferencia: las fuerzas de lo humano. Este pensamiento de William James, de finales del siglo XIX, apunta en esa dirección:
“Estoy harto de las grandes cosas y de los planes grandiosos, de las grandes instituciones y de los éxitos enormes. Me inclino por esas fuerzas humanas, minúsculas e invisibles que operan de un individuo a otro, reptando como raicillas a través de las grietas del muro o como el rezumado capilar del agua que con tiempo suficiente derribará los mas grandes monumentos del orgullo”.
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